lunes, 19 de febrero de 2018

Contra una perspectiva prehistórica de la literatura y la lectura


*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/contra-una-perspectiva-prehistorica-de-la-literatura-y-la-lectura/

Cada vez me encuentro con más gente que lee. En Instagram, en ese Instagram literario del que tantas veces hablo, conformamos una legión numerosa de amantes de los libros, de tsundokianos, muchos de los cuales compartimos, además, las impresiones de nuestras lecturas. Es evidente que nadie tiene por qué conocer los resortes de las teorías literarias y de la narratología para dar sus opiniones sobre lo que acaba de leer, pero sin embargo, sí creo que se deberían desechar algunas prácticas que entorpecen la comunicación de esas opiniones e, incluso, crean cierta confusión a la hora de reseñar una obra. Por otra parte, encuentro todavía a muchos lectores anclados en ciertas costumbres periclitadas a la hora de llevar a cabo sus lecturas, unas ideas preconcebidas de la literatura que he denominado como “prehistóricas”.

Porque el lector habitual, ese compulsivo que encadena una obra con otra, es decir, el cierre de las tapas de un volumen con la apertura de las tapas de otro, apenas va más allá de mero hecho de la consumición de páginas y páginas de texto. He comprobado, demasiado a menudo, que para la gran mayoría de los lectores, el final de un libro significa la desaparición de todo un universo, como si la explosión de esa supernova literaria no dejara el menor rastro en su persona.
Estamos hablando de mundos, de constelaciones, de sistemas planetarios, de agujeros negros y de estrellas literarias. En efecto, un libro es todo eso, un sistema con leyes propias, que se rige por unos códigos determinados que ha concebido y puesto en pie con sus palabras el autor. Como tal debemos entenderlos.
Cerrar un libro dándolo por acabado y comenzar otro certifica su absoluta defunción. Convierte al texto, automáticamente, en un compartimento estanco que nada tiene que ver con las lecturas anteriores al mismo, ni con las que se realizarán después. Es algo completamente equivocado. En el juego cósmico de la escritura, y así viene a demostrarlo la literatura comparada, todos los libros dialogan entre sí, al igual que absolutamente la totalidad de los autores mantienen una charla, más que animada y enriquecedora, entre ellos.
La literatura se somete a las leyes del Universo. Un libro es un astro, con sus fuerzas de atracción, y también de repulsión, y nosotros como lectores ejercemos las veces de planetas. Si en el espacio interestelar se produce un cambio de órbita de un satélite, o sucede una explosión solar, la gravedad, el clima, o los pulsos electromagnéticos de otros planetas, incluida la Tierra, se ven alterados.
Por ello, nosotros, que somos nuestro pequeño planeta, nos vemos afectados con el fogonazo deslumbrante de una lectura que nos encandila, con el terremoto que provocan determinados párrafos, con las fuerzas telúricas que se desencadenan en nuestro interior al toparnos con una obra mayúscula que ni podemos ni queremos evitar. Ese cataclismo que provoca dentro de nosotros consigue que se abra un hueco en donde la memoria emocional de la lectura ya viaja, para siempre, acompañándonos.
Y como nos acompaña, nos influye sobre los siguientes libros que acometemos, porque proyecta su magnetismo sobre ellos, establece líneas de coincidencia y comparación, se suma a las visiones del nuevo texto, encajando como una pieza de precisión. Al cerrar el libro podemos pensar que hemos terminado con su lectura cuando, realmente, ese libro albergado en nosotros está empezando.
Son vasos comunicantes, recipientes conectados, puertas de viaje entre agujeros de gusano, conexiones de galaxias. Todos los libros se atraen y todos los autores se escuchan unos a otros, y esa circunstancia se suma a nuestras lecturas. Concebir el libro, la lectura de ese libro, como un acto aislado y no conectado, es una idea prehistórica de la literatura. Los libros se alimentan de libros. Los libros se albergan en nosotros. Los libros se proyectan sobre otros libros y nosotros los interrelacionamos. No se puede entender la lectura, ni la literatura de otra forma.
Solo de esta manera, se pueden comprender otras dos máximas que arruinan la concepción de la literatura: se puede hablar de un libro sin haberlo leído, porque en absoluto es necesario haberlo hecho, y los autores modernos y sus obras influyen directamente sobre autores y obras antiguas. Entender esto no debería ser muy difícil de conseguir, pero muchas veces me topo con una resistencia recalcitrante, generalmente producto de la irreflexión.
Al conversar todos los libros con todos, al alterar nuestro sistema interno después de una lectura, estamos cambiando la percepción y las conclusiones a las que hemos llegado de otras lecturas. De esta forma, podemos encontrarnos con un diálogo entre el soneto 126 de Lope de Vega y el poema del argentino Oliverio Girondo “Se miran, se presienten, se desean…”, o entre la novela picaresca del Estebanillo Gonzalez y Las aventuras del valeroso soldado Švejk, de Jaroslav Hasek. Son dos ejemplos de influencia “hacia adelante”, pero de igual manera la literatura está repleta de influencias “hacia atrás”, y de correlaciones recíprocas.
El escritor albanés Ismaíl Kadaré dialoga en su novela El accidente con un pasaje determinado del Quijote, la novelita insertada de El curioso impertinente, que nos obliga a leerla de otra manera. Igualmente. El Don Juan de Peter Handke transforma la visión que teníamos del Don Juan clásico. Son sólo dos ejemplos, pero la literatura está preñada de ellos. Foster Wallace dialoga con Cervantes,Houellebecq con Camus o Sebald con Handke. De forma recíproca, retroalimentándose en ambas direcciones, Günter Grass con el Lazarillo de TormesDante con Bret Eston EllisSaramago con Sabato o Salinger con Dickens.

La literatura produce extraños compañeros de cama, pero solo si entiende cada libro como parte de un inmenso muro que vamos construyendo en nuestro interior. Cada lectura es un ladrillo que colocamos en ese frontal, agrupado junto a otros de similares características, corrientes y tendencias estilísticas. Esto hace que no haber leído determinado volumen, por ejemplo el Ulises de Joyce, no nos impida emitir juicios y opiniones sobre él. Hemos leído otras obras del autor, y otras novelas de la misma época, con propuestas estéticas parecidas o, incluso, similares.
No necesitamos más que contemplar el brillo del agujero sin taponar que pertenece a Ulises, para percatarnos de todos las piezas de alrededor, y entender de inmediato las características del libro aún no leído. De esta forma, podemos hacernos una idea, intuir si nos gustará o no, e incluso determinar si nos merece la pena invertir nuestro tiempo en leerlo. Es un sistema que no suele fallar, aunque en literatura, más que en ningún otro campo de estudio, no existen las verdades absolutas. Eso conviene no olvidarlo.
Amigos reseñistas, debéis tener en cuenta lo anteriormente expuesto, si os da la real gana, por supuesto, y advertir un par de cosas más. Una buena reseña crítica es aquella que, generalmente, no habla del argumento del libro, o lo trata de forma tangencial porque eso resulta inevitable o necesario para alumbrar algún aspecto determinado. Millones de reseñas críticas están construidas con una doble articulación realmente odiosa: varios párrafos contando el argumento, y un cierre de “opinión personal”, meramente basado en la crítica impresionista. Esta es una forma caduca de afrontar la exégesis de un texto. Realmente no puede calificarse como exegesis, sino como chapuza.
Es posible, quizás, que hace años, pero muchos años, muchísimos, presentar un resumen de la obra fuera pertinente, porque no existían los recursos y accesos a la información inmediata de ahora. Sin contar con los paratextos editoriales (solapas, fajas, videobooks, etcétera…) cualquiera interesado en un libro puede encontrar en fracciones de segundo de que trata un libro que piensa leer. Por tanto, esos párrafos inacabables dedicados a glosar el argumento son completamente innecesarios, tan innecesarios como irritantes.
El otro aspecto es el de la llamada crítica impresionista, esa que se basa en el “me gusta/me disgusta”, sin aportar ni un solo argumento para sustentar esas opiniones. Por favor, basta ya de afirmaciones del estilo de que una novela no es del agrado de su crítico porque el personaje “le cae gordo”, o “antipático”. Necesitamos escarbar un poco, un poquito solo, y atender a la estructura, a la forma en que está escrita, a sus recursos… Escapemos de ese mundo maniqueo de lo bueno y lo malo en función de una percepción física de los personajes de la obra.
Si atendemos a esta crítica impresionista furiosa, La conjura de los necios con su repulsivo Ignatius, o El guardián entre el centeno con el insufrible Holden, serían obras clasificadas en el “no me gusta”. Por el contrario, personajes de acción, pero radicalmente planos, que se mueven en los Best sellers de ínfima calidad literaria, entrarían en la categoría de “me gusta”. Así, obras incómodas y exigentes con los lectores, como El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers o Austerlitz de Sebald, o El pozo de Onetti, serían relegadas a las columnas de las malas obras. Desde el punto de vista impresionista, se reordenaría toda la literatura, de una forma realmente chusca.
Por último, también creo necesario detenerme, o que os detengáis o reflexionéis sobre dos aspectos más: es conveniente huir de la imbricación de la vida del autor enlazada a su obra, y de la idea de que una novela es su final. Me explicaré. Un texto literario debe sostenerse, no importando nada de lo que ocurra a su alrededor. El texto existe por sí solo, atendiendo a su construcción y a su estructura, a sus recursos y a la verdad literaria que alberga en su interior. Solo después de este análisis podemos mirar en la vida del autor que lo construyó, para terminar de comprender algún dato nebuloso, aunque esto ni siquiera debería ser necesario.
Un ejemplo de esta maldición del biografismo la podemos encontrar en la interpretación del poemario Ariel de Sylvia Plath, durante años leído como la influencia que sobre la autora tuvo la asistencia a la obra de La tempestad de Shakespeare que se celebró en su colegio. Al final, se descubrió que Ariel era el nombre de uno de los caballos que montaba, especialmente manso y afable. Válganos esto como advertencia. La biografía de un autor puede venir en nuestra ayuda de muchas formas al enfrentarnos a un texto, pero solo después de haberlo trabajado desde ese propio texto. No obremos al contrario porque entonces la vida, la personalidad del autor, actúa como interferencia.
En mi taller de lectura comparada pude escuchar el otro día, por parte de una alumna, las tan ansiadas palabras que forman parte de mi objetivo principal al impartirlo. Reconoció, al fin, que no deseaba terminar con la lectura de Austerlitz. No le importaba la forma en que acababa el libro porque había comprendido que lo realmente interesante era el camino, el viaje realizado por esa galaxia literaria, y todas las cosas deliciosas que salían a su paso y que iba incorporando en su interior. Es todo un cambio de perspectiva. Desde la idea de la novela como la búsqueda de un final, de un desenlace, por el mero hecho de poder acabar para empezar otra, derivó a la lectura como viaje, en donde el punto de destino es lo menos importante.
Por eso, nunca nadie puede destriparnos una novela contándonos el final. A nosotros, el final no nos importa, no nos parece interesante. Nosotros encontramos apasionantes las formas en las que el autor nos ha conducido a ese final, final que representa un principio, al cerrar y completar la obra con nuestra lectura, incorporarla a nuestra biblioteca interior, y sumarla a la nueva lectura que hagamos después.
Desde estas perspectivas, podemos abandonar concepciones anticuadas de la idea de la literatura y podremos realizar reseñas críticas útiles para los demás pero, especialmente, útiles para nosotros mismos. Porque la literatura, fundamentalmente, por encima de otros aspectos, sirve para un único fin: nuestro crecimiento personal. Todos esos libros están escritos para nosotros y por nuestra culpa. Son nuestros. Ni tan siquiera pertenecen ya a sus autores.
Entendedlo así.

domingo, 18 de febrero de 2018

Uno de los discos de nuestras vidas


*Esta crítica apareció en el sitio Mi Nueva Edad:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/2/15/el-disco-del-mes-graceland-de-paul-simon/

Discográfica: Warner
Género: Rock/Pop/Folk/World Music
Duración: 43 m; 18 s.
Número canciones: 11
Fecha de publicación: 1986.

Uno de los discos de nuestras vidas

Paul Simon anunció la semana pasada que se retiraba de los escenarios, que a sus 76 años ya no piensa embarcarse en más giras. Afortunadamente, para comprobar una vez más su buen estado de forma y su genialidad, algunos aún pudimos verlo en otoño de 2016 sobre las tablas de Wizink Center de Madrid.
Por eso, porque suena a despedida de uno de los mayores músicos populares que haya dado el siglo XX, junto a Elvis Presley o David Bowie, por ejemplo, traemos hoy una de sus obras maestras. Bueno, realmente su gran obra maestra (y eso que junto a su compañero vocal Art Garfunkelya había firmado algunas de las canciones más redondas y rotundas de la Historia), lo que tratándose de Paul Simon es mucho decir.
En efecto, Graceland, del año 1986, instaló de una forma definitiva a Paul Simon en el olimpo de esos músicos inolvidables e imprescindibles que han ofrecido una obra inmortal a la humanidad. Graceland, quizás ni él mismo podía imaginarlo, lo consagró como solista —a pesar de que ya llevaba muchos años siéndolo con algunos discos emocionantes como Hearts and Bones, por ejemplo— y demostró que existía un Paul Simon legendario junto a Garfunkel y otro Simon que era una leyenda en solitario.
Leyenda por partida doble, en Graceland creó el mejor puñado de canciones juntas que se le recuerdan. Después, a pesar de que ha continuado creando extraordinarias obras como The Rythm Of The Saints o Stranger To Stranger, ya nada ha vuelto a ser lo mismo. Graceland ocupa ese lugar en la santidad de la música, como Thriller de Michael Jackson, Hotel California de Eagles o The Josuah Tree de U2, trabajos que, independientemente de los gustos musicales de cada cual, y por extraños motivos, prácticamente no faltan en ninguna casa. Se pueden encontrar ejemplares de esos discos en la colección de casi cualquiera. Conseguir esa asimilación de icono de la cultura popular significa entrar en la categoría de mito.
¿Qué posee Graceland para ocupar semejante puesto de privilegio? En primer lugar por aunar el reconocimiento de público y ventas, porque fue número uno en prácticamente medio mundo, vendiendo más de 16 millones de copias. En segundo lugar, la propuesta musical que alberga en sus composiciones, con piezas de música africana, a capella, furiosas interpretaciones de rock y baladas inolvidables, bebiendo de las raíces negras y apoyado por un conjunto estelar de virtuosos, desde el guitarrista de King CrimsonAdrian Belew, hasta los músicos populares sudafricanos de percusiones, acordeones autóctonos e, incluso, tablas de lavar.
Este plantel de astros grabó uno de los repertorios más sobresalientes de la historia de la música, en donde resulta casi imposible destacar una canción por encima de las demás. Descomunales éxitos fueron You Can Call Me AlDiamonds On The Soles Of Her Shoes, Graceland The Boy In The Bubble. Como emocionantes resultan Under African Skies Homeless(con las voces del grupo Lady Smith Black Mambazo). Todo ello convenientemente mezclado para culminar un disco soberbiamente producido, consiguiendo un sonido muy propio de Paul Simon, pero también muy africano.
Y además, de forma inolvidable ahora que el genio se despide las giras y los escenarios, Graceland se acompañó de un tour mundial extraordinario. Los que tuvimos la suerte de poder asistir a uno de los conciertos de aquella gira somos conscientes de haber presenciado un momento histórico en la música, a la altura de los Beatles sobre el tejadillo de los Apple Corps de Londres, o del propio Simon, acompañado por Garfunkel, en aquel dia febrero de 1982 en Hyde Park, ante medio millón de personas.
Graceland, el espíritu que emana Graceland, nos conecta de inmediato con todo esto y lo convierte en uno de los discos de nuestras vidas.

sábado, 17 de febrero de 2018

Autores, lectores y mercado editorial: El juego del gato y el ratón



Esta columna se publicó en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/autores-lectores-mercado-editorial-juego-del-gato-raton/


Las decisiones empresariales que toman algunas editoriales muchas veces son, cuanto menos, sorprendentes. Diríase que en ocasiones van directamente en contra de los autores que publican, como si no les interesara lo más mínimo vender un libro. Tamaño disparate comercial yo no lo conozco en otros sectores. A todos nos resultaría impensable que nuestro carnicero se negara a vender sus filetes teniéndolos expuestos, bien apetecibles, tras el mostrador, o que el quiosquero hiciera lo mismo con la prensa, guardándosela para arrojarla a un contenedor al término de la jornada. Pues bien, las tácticas de muchas editoriales parece que van conducidas a ese objetivo, arrojar los libros a la basura. Eso es lo mismo que decir: tirar a sus autores por el inodoro.

Ya está este tipo con sus rabietas…, pensarán algunos lectores. Puede que sí, que esto no se trate más que de una rabieta, un enfado monumental que se repite todos los viernes cuando me planteo qué voy a escribir en esta columna de El Odradek, porque durante la semana he tenido que ir soportando, y encajando con una deportividad que ya me agota, numerosas afrentas, insultos y humillaciones provenientes del mercado editorial. Empeñado en, y aquí tiraré de diccionario para ser preciso, ciscarse y zurruscarse ya no solo en mi persona literaria, sino en una gran cantidad de amantes de la literatura, ya sean escritores o lectores e, incluso, libreros.
Desde hace unos meses mantengo, contra viento y marea y en colaboración con la asesoría literariaProscritos de Torrelodones, un taller de lectura comparada. Ni que decir tiene que los esfuerzos, las batallas y la denodada insistencia por sujetar a los alumnos es descomunal. Así, vamos tirando mes tras mes, con una oferta de lecturas diferente y original que pretende diferenciarse en algunos aspectos de los clubs de lectura habituales.
Partiendo de la idea comparatista de que la literatura es una infinita conversación entre todos los autores y todos los libros, propongo una serie de lecturas que denominaré como “menos habituales”, y después las hago entrar en contacto unas con otras, generándose una interpretación seria, profunda y transversal, que relaciona y remite a unos libros con los otros. Hemos estudiado, porque más que lecturas hacemos estudios fascinantes de las obras, Windows On The World de Frédéric BeigbederAmpliación del campo de batalla de Michel HouellebecqMatadero Cinco de Kurt VonnegutAusterlitz de W. G. Sebald (todas ellas editadas en Anagrama), El baile de Irène Némirovsky (en Salamandra) o El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers (en Seix Barral), entre otras.
En el futuro esperamos ver Las mentiras de la noche (Anagrama) de Gesualdo BufalinoSi una noche de invierno un viajero de Ítalo Calvino (Siruela), Natura Morta de Josef Winkler (en Galaxia Gutenberg), Amras de Thomas Bernhard o El palacio de los sueños de Ismaíl Kadaré (ambas en Alianza Editorial). Y digo “esperamos ver”, porque ya he tenido que eliminar algunos títulos de la lista, dado que las editoriales han decidido fulminarlos y borrarlos del mercado.
El motivo de esta columna y de mi enfado de hoy es que me he visto obligado a sacar de la lista de lecturas una novela extraordinaria que ha sido retirada del circuito del mercado. Evidentemente, puede buscarse de segunda mano con cierta dificultad, pero no podemos olvidar que el taller lo organizo con una librería que necesita, como agua de mayo, realizar ventas, y el taller es una buena forma de suministrar los libros de la lista a los alumnos. Sin embargo, con este libro, tras mucho insistir a la distribuidora, y recibir noticias contradictorias, finalmente, el libro no está disponible.
No se trata de un libro extraño y de un autor desconocido que escriba en una lengua oculta desde el último rincón del mundo. Que va. Ni publicado por una editorial independiente y minoritaria. Ni mucho menos. No es un escritor ajeno a España. Tampoco. Pero este libro, y me temo que gran parte de su obra, son ya casi irrecuperables.
Me estoy refiriendo a un Premio Nobel de Literatura y Príncipe de Asturias de las Letras (de ahí que su relación con España sea buena, además de poseer en la figura de Miguel Sáez uno de los traductores más brillantes de su obra, aunque no firme la traducción de esta novela en particular, que es de Carlos Gerhard). Obviamente, se trata de Günter Grass, y la novela en cuestión es El gato y el ratón. Y la editorial Alfaguara. Todo un póker o repóquer de indignación, a la vista de los nombres y los datos enumerados.


El gato y el ratón es la segunda novela de su autor, publicada en 1961, un texto breve, a modo de sándwich entre dos libros-río como son El tambor de hojalata (1959) y Años de perro (1963) y que, juntos, conforman lo que los críticos denominaron como la trilogía de Gdansk, a la que yo creo que se deben añadir los posteriores La ratesa (1986) y A paso de cangrejo (2002), pero eso ya es otra historia (todos en Alfaguara).
Esta novelita deliciosa nos habla de un grupo de adolescentes que se ven afectados por la llegada de la guerra y me resultaba muy útil en la progresión de lecturas del taller, en donde previamente habíamos analizado El guardián entre el centeno de Salinger (Alianza) con Holden Caulfield haciendo de las suyas, El corazón es un cazador solitario, con ese personaje de Mick Kelly y sus hermanos, El baile, con la vengativa muchacha Antoinette, y me vi obligado a renunciar al fascinante e hipnótico Francie Brady de El aprendiz de carnicero de Patrick McCabbe (editado en Edhasa) porque resultó ilocalizable.
Creí, ingenuo de mí, que la obra de un Premio Nobel y Príncipe de Asturias estaría al alcance de mi mano, pero la tiranía editorial, esas leyes que regulan la Sodoma de las mesas editoriales, se había encargado de desmenuzarlo. Y no debería producirme la sorpresa que me produce, porque otro premio Príncipe de Asturias como Ismaíl Kadaré ya hace tiempo que adquirió el estatus de autor clandestino. Muchos de sus libros, salvo un par de los más famosos, son imposibles de encontrar (y eso que comoGrass, su traductor, el malogrado Ramón Sánchez Lizarralde, se contaba como el mejor de todos los que vertían su obra a otras lenguas, tomándola directamente del albanés).
Pero Kadaré es un escritor de Albania. A fin de cuentas, ¿a quién puede importarle la literatura albanesa? Pero Grass es alemán, escritor de una lengua del primer y avanzado mundo cultural. Por eso, ni se me pasaba por la cabeza que recibiera un trato similar al del balcánico.
¿A qué nos conduce todo esto? A concluir que algunas editoriales, y peor cuanto más importantes, están instaladas de una forma descarada en el capitalismo cultural. Que sus lectores les importan un pimiento es una verdad indiscutible —lo sabemos y lo encajamos con una media sonrisa de resignación—, pero que sus propios autores les traigan sin cuidado es algo mucho más complejo de digerir.
La verdad es que tampoco puedo afirmar, en lo tocante a mi experiencia personal como autor de editoriales pequeñas e independientes, que me hayan tratado mejor que cuando he publicado mis obras en editoriales más grandes. Y ojo, sé de buena tinta que existen editoriales independientes que miman a sus autores, tratan con delicadeza sus ediciones y adoran a sus lectores. De hecho, en mi columna de El Odradek de la semana pasada me referí a ellas:

Por el contrario, yo me he topado, fueran pequeñas o más grandes, con verdaderos delincuentes de la literatura, desgraciados, embaucadores y ladrones que se han limitado a timarme, engañarme y despreciarme. Y como me ha sucedido a mí, sé que a otros muchos escritores les ha pasado, y les ocurre, lo mismo.
Doloroso e indignante resulta que te lleguen las liquidaciones anuales asegurando que tan sólo has vendido un ejemplar cuando tú mismo has comprado, para compromisos, más de una docena. O que en la maldita Feria del Libro, tras dos jornadas agotadoras de calor y estupideces, coloque con sudor y vergüenza una decenita de libros por día. ¿Dónde están esas ventas en el estadillo final que refleja un triste número uno como total de libros vendidos en el año?
Voy a concluir con algunas anécdotas sangrantes, como forma de ilustrar la manera en que estas editoriales toman sus decisiones de mercado. La poca afortunada portada de mi novela El vaso canope(editorial El tercer nombre) tenía, originalmente, una portada mucho más elegante, en donde aparecían los retratos de Eva Braun y Clara Petacci —no en vano la obra trata sobre la posible relación epistolar de ambas mujeres, las amantes de Hitler y de Mussolini—. El día en que se eligió la portada, un vozarrón proveniente del interior de un despacho aseguró que las fotos de aquellas dos fulanas no las conocía nadie y que era mucho mejor plantar una buena y típica esvástica.


Con ocasión de mi novela Kafkarama (de nuevo estas joyitas de El tercer nombre, felizmente desaparecidos) se me intentó colar una portada con una cucaracha repulsiva que daba asco (al hablar de Kafka, ya se sabe, pensaron los editores, el insectito de marras) y que por supuesto invitaba a no vender un solo libro, con la importancia que una buena portada posee para diferenciarse en la mesa de ventas, si es que se llega hasta ella. Tuve que amenazar con no publicar la novela para que suprimieran al bicho. Incomprensiblemente para mí, porque me resulta incomprensible, la portada con la cucaracha que nunca vio la luz aparece en algunas webs de venta de libros e, incluso, una versión en word sin corregir de la obra —el primer borrador que envié a la editorial— se ofrece como descarga gratuita en el sitio web de un caradura.

Otro editor que tuve fue incapaz de agregar notas a pie de una mis novelas por resultarle “demasiadocomplicado”, sin contar las numerosas tropelías, insensateces y barbaridades que he tenido que soportar por parte de una gente a la que, además, cedes tus derechos intelectuales, como media, por cinco años. De vergüenza.
Y una más: estoy intentando publicar mi ensayo sobre la obra de Ismaíl Kadaré, derivado de mi tesis doctoral sobre el albanés. A través de un contacto me dirigí a la editorial que publica en España casi la totalidad de su obra. Como es lógico, debería interesarles. Me llegó una respuesta algo desesperanzadora: si no venden sus libros, ¿cómo van a vender un ensayo sobre esas novelas?
Yo pensaba que el prestigio de publicarlo ya sería suficiente para una editorial tan poderosa, y una muestra de respeto a sus lectores ofreciéndoles una obra que interpreta algunas de las novelas que venden de ese autor. Pero que se planteen hacer dinero con un ensayo, y el que no hacerlo sea motivo para no publicarlo, me resulta tan absurdo como cruel.
Tal vez ya os he contado estas cosas en algunas de mis columnas. Si es así, me disculpo por repetirme, pero no veo nada malo en remachar ciertos comportamientos como respuesta a las puñetas con que cada día nos hieren las editoriales. Si, como he afirmado en numerosas ocasiones, la literatura en una defensa ante las ofensas de la vida, las editoriales, por regla general, son una ofensa para la literatura.
Evidentemente, chapuceros los hay en todas las partes y oficios, pero gente que trabaje tan mal y con tanta desgana, yo creo que es difícil encontrarla. Por eso, que fuera del mercado de segunda mano, y con dificultad, no se pueda localizar la segunda novela de todo un Nobel como Grass, o que sea imposible conseguir Superviviente de Chuck Palahniuk (en Siruela) o Las leyes de la atracción de Bret Easton Ellis (en Anagrama y, curiosamente, las segundas novelas de estos escritores), como en su momento ocurría con Americana (Seix Barral), la primera obra de Don DeLillo —felizmente reeditada al calor de los rumores de un Nobel que se le resiste— viene a demostrar el sinsentido en el que ha caído el mercado editorial, completamente corrupto por el ansia del negocio y del dinero, olvidando que están trabajando con libros y con los autores que los han escrito. Y que detrás de todo eso existe un lector que se merece el mayor de los respetos.
Por tanto, que estas novelas no se puedan encontrar, significa el enésimo exabrupto editorial con sus lectores y autores. Que tenga que sacar de las listas de lecturas obras como las de GrassMcCabbe o La leyenda del Santo bebedor de Joseph Roth (en Anagrama, en un limbo de la distribuidora que no sabe si la conseguirá o no), es algo que me ofende profundamente porque me envía un mensaje muy claro: no te salgas de la masa, acepta las reglas del juego, elabora un taller de lectura convencional, incluye las típicas lecturas de los Dan BrownZafónCercasMaría DueñasIldefonso Falcones, Javier Sierra…, de famosos televisivos, influencers y merluzos variopintos, en definitiva, de esos libros que puedes capturar de la mesa de novedades simplemente con alargar la mano y llenártela de porquerías.
Un ejemplo de esto lo podéis encontrar en esta otra columna mía sobre la literatura de influencers e instagramers:
Nos estamos cargando la literatura entre todos. Sí, entre todos, porque ante la zafiedad de las editoriales, que son las primeras que batallan con encono por destruirla, me da la sensación de que, nosotros, lectores y críticos, autores y bibliófilos, estamos haciendo bien poco. Porque recomendar editoriales independientes, pequeñas y honradas, puede que ayude en algo, pero no me parece la solución a un problema descomunal que amenaza con tragarse toda nuestra tradición cultural.
Llegará un día en que no podamos comprar el Quijote. Al tiempo.

jueves, 15 de febrero de 2018

Deacon Blue en Madrid: Modernizando el armario del tiempo



*Esta crónica apareció en achtungmag.com:


Deacon Blue trajeron al escenario del Teatro Barceló sus 30 años de carrera, y eso son muchos años ofreciendo grandes canciones. Tanto tiempo en la carretera se notó entre el público asistente; esta vez vi a menos gente joven que en otros eventos de este tipo. Al parecer, Deacon Blue son verdaderamente nuestros, quiero decir con ello que nos pertenecen, o que pertenecen a una generación, la nuestra, que todavía los recuerda con cariño, de la misma forma que nos acordamos de algunos ilustres que se quedaron ya por el camino, como The Adventures,  Friends Again o Talk Talk. Quizás, todo ese cariño profesado en ambas direcciones (del público a la banda y viceversa), fue una de las claves, junto con un concierto casi perfecto, que voltearon la noche en algo memorable.

La primera vez que me enteré de qué era aquello de los viajes en el tiempo, esa esquiva capacidad de retrotraernos al pasado que tanto nos obsesiona y que ha parido obras geniales como La máquina del tiempo de H. G. Wells o la película Regreso al futuro de Zemeckis, fue en un tebeo, lo que ahora denominan comic, pero que en los tiempos de aquellas 25 pesetas de paga semanal de los domingos era un tebeo mondo y lirondo, con el nombre de Mortadelo y que presentaba una aventura llamada El Armario del Tiempo. Y esa aventura fue mi primera información al respecto del incansable anhelo del ser humano de pegar brincos de época en época como un canguro. El Delorean, y el libro Caballo de Troya de J. J. Benítez, ya me alcanzaron de mayor.
¿Por qué recuerdo esto? ¿Qué tienen que ver Mortadelo y Filemón con el concierto de Deacon Blue? Pues tener, no tienen mucho que ver, pero cuando accedí al Teatro Barceló, que se trata de la discoteca Pachá de toda la vida, pues me dio un vuelco el corazón. Entraba en mi propio armarito del tiempo. Muy bien podría llevar unos treinta y tantos años sin pisar por allí (en efecto, soy y he sido de salir más bien poco).
Cuando la banda de Ricky Ross apareció en el escenario yo me estaba acordando de esa última vez que estuve en Pachá. Entonces, en lo que debía ser el colmo de lo moderno, un tipo embutido en un albornoz aguantaba impertérrito en un sillón mientras contemplaba, detrás de unas gafas de sol, un televisor en donde no aparecían más que rayas. Una performance digna de Andy Warhol.
Me resultó algo sorprendente la forma en que Deacon Blue arrancaron el concierto. La gente ya se encontraba en plena ebullición desde mucho antes de empezar, en una sala abarrotada, y los músicos empezaron desmigando los acordes de un tema lento y calmado como es el bello Born In A Storm; era una mera excusa para fusionarla con Raintown, al igual que ocurre en el disco, y desencadenar, así, la locura.
Una locura, un delirio, que ya no se detuvo hasta el final, porque la banda regaló muchos de sus grandes éxitos y demostró un par de cosas: que casi son mejores que antaño, por no decir que, en efecto, lo son, y que la capacidad de Ricky Ross para escribir temas inolvidables, de esos de verdad, de los que calan en el inconsciente colectivo, es monumental.
No se mostraron cicateros, al contrario, y la cuota de canciones recientes fue escasa (aunque brillante, con un The Believers de muchos quilates), para presentarnos, 25 años después de su última actuación en Madrid —que por entonces tuvo lugar en la sala Aqualung—, lo mejor y más granado de su repertorio. Generosidad que, con estas bandas longevas, a veces, para irritación de los fanáticos, no resulta pródiga. Y no tengo más que recordar el soberbio concierto de The Waterboys de finales del pasado año, donde Mike Scott apenas concedió cuatro o cinco antigüedades a la galería, para vaciarse en  dos decenas de temas de su nuevo álbum (no por ello menos atractivo, pero la gente, es obvio, no deseaba aquello).
Puedes consultar mi crónica de aquel concierto aquí:
Sin embargo, Ricky Ross estaba dispuesto a reivindicarse. A dejar muy claro que es el cantante que mejor afina, que deja colgadas esas frases al final como nadie… En aquella barra de atrás, cuando todavía no sabía ni lo que era un Cuba-Libre, recuerdo perfectamente que me pedía esa curiosa mezcla que solo puede ser auspiciada por la falta de neuronas adolescentes: Licor 43 con Cointreau, o con Triple Seco, según tuviera de animado el cuerpo. Sabía a bollo, y casi era necesario tomárselo con un cuchillo y un tenedor. Tendría que haber probado a darle la vuelta al vaso: seguro que habría dejado sobre la barra un castillo de gelatina azucarada, pero aquella consumición significaba demasiado como para desperdiciarla así. Era el camino directo a la hombría, o eso creíamos unos cuantos, cuando era una autopista recta hacia el ridículo.


Muy pronto llego Wages Day, y es que junto con el disco Raintown, las canciones de When The World Knows Your Name fueron grandísimos éxitos en España, y eso que se quedó fuera del playlist Queen Of The New Year. Sin duda, ese disco de 1989 puede que sea la obra maestra del grupo, y algunas de sus canciones, como Fergus Sings The Blues o Real Gone Kid, podían escucharse a cualquier hora y en cualquier sitio, desde la música de ambiente del Corte Inglés hasta en la última discoteca de moda, pero yo debo confesar ahora un secreto y una percepción.
El secreto: en mi opinión, y en la forma en la que adoro ese disco, creo que la obra maestra del grupo es el extraño, barroco e inconcebible, Ooh Las Vegas, del año 1990. Muchos seguidores de Deacon Blue, los del sector recalcitrante de Dignity, se llevaran las manos a la cabeza y desearan, después, echármelas al cuello. Pero otros, los que perciben de una forma diferente el lirismo, saben que este disco es pura literatura, pura poesía y sentimientos.
Ooh Las Vegas apareció en España con el escaso atractivo título de B-sides, Film Tracks & Sessions, es decir, material de desecho, y además doble. Casi hora y media de canciones sobrantes…, que son una hora y media de obras maestras. Sólo es necesario escuchar DysneyworldS.H.A.R.O.NBack Here In Beanoland (el mejor tema que han hecho en su historia) y etcétera, etcétera, para darse cuenta de la magnitud de este trabajo, porque lo que se alberga en ese disco es el zumo que aparece después de exprimir el talento creativo de Ross. Y ahora viene la percepción.
Percepción: Aunque el éxito de When The World Knows Your Name fue descomunal en España, es este disco de rarezas el que encumbró a Deacon Blue en nuestros corazones. ¿Pero qué está usted diciendo hombre? Un momento, que me falta el golpe de gracia: este disco de rarezas se acompañó de un curioso E.P, una especie de maxi single que contenía cuatro canciones unidas por el título Four Bacharach & David Songs EP.
El E.P. contiene cuatro versiones de cuatro canciones eternas, de esas que son standards, compuestas por el dúo de compositores Burt Bacharach Hal David. Y entre ellas, I´ll Never Fall In Love Again. Boom, zas, una flecha directa al éxito. Aquí, Deacon Blue se enganchó al público español de forma definitiva.
Durante el concierto de 1991 en la Sala Universal de Madrid —cuando traían en la maleta el siguiente disco a When The World Knows Your Name, ese Fellow Hoodllums que era un bajonazo y que pese a todo funcionó en España—, el asunto transcurría adormecido en un discreto velo de aburrimiento hasta que apareció esa canción de Bacharach & David. La gente se puso como loca. Ahí me di cuenta de que Deacon Blue eran ya inmortales entre el público español.
I´ll Never Fall In Love Again brotó de nuevo, ahora en pleno 2018, en el Teatro Barceló. Fue recibida con el mismo entusiasmo, idéntica nostalgia, melancolía y rendición. La diferencia entre este concierto y el del año 91 radicó en que la banda se había dejado la piel sobre el escenario, que ni mucho menos habíamos transitado por el tedio, al contrario: vivíamos un viaje por lo más divertido de la memoria y el recuerdo.
Ricky Ross se mostró cálido y cercano, hablando muchas veces en español, coreando las canciones a dúo con el público. Tal vez, recordando el último concierto de los suyos en Madrid —el de Aqualung de un 25 de mayo de 1993, que promocionaba el peor disco de su historia, ese desconcertante Whatever You Say, Say Nohing—, Ricky nos prometió que “íbamos a vivir la mejor noche de nuestras vidas”, que este concierto sería “muy distinto” a lo que ofrecieron en esa noche de los tiempos.

Porque la batería de canciones que desgranaron en aquella ya lejana y casi olvidada ocasión se basaba en ese disco desmayado, que como buque insignia presentaba la pieza Your House, un fenómeno de feria con toques house, valga la redundancia, impropia de un compositor como Ross, que pretendió adentrarse así en los minados terrenos del rock alternativo. Pues ahora, incluso esta oveja negra de la composición del chico de Dundee, sonó hasta aceptable. Tal fue el esfuerzo de agradar desplegado por la banda.
Y una reflexión: muy malo debió de ser lo de Aqualung, tanto como para que Ross asegurara que ahora viviríamos algo muy diferente, en una especie de disculpa entre el paréntesis de los años. Él si lo recordaba, como si lo llevase clavado.
Incluso hubo un momento para el homenaje. Todo partió desde el público, porque alguien mostró repetidas veces una pancarta que recordaba a Graeme Kelling, el que fuera guitarra del grupo entre los años 1985 y 1994, y que en 2010 falleció de un fulminante cáncer de páncreas a los 47 añosRicky vio la pancarta, pidió a la persona que la portaba que se aproximase hasta el escenario, la tomó en sus manos, la desplegó y la enseñó al público, que prorrumpió en una cerrada ovación. Se tocó el corazón y lanzó un beso al aire. Se había emocionado con el detalle. The Show Must Go On.
Your Swaying ArmsChocolate GirlWhen Will You (My Telephone Ring) eran las luces de un faro que relumbraba entre la neblina generada por el humo seco, y ese olor extraño e inconfundible a concierto era como el bouquet que identifica de inmediato a una Gran Banda. Loaded demostró que, tal vez, y en lo que se refiere a su comportamiento en directo, sea la segunda mejor canción del grupo. Provocó un éxtasis tan solo superable por Dignity. Porque, claro, allí estaba Dignity, una canción que pese a entrar dos veces en listas, jamás alcanzó puestos de relumbrón en el Reino Unido.
Como la marmotilla de PunxsutawneyDignity arrancó tímida con las primeras frases coreadas por el público en un éxtasis absoluto. Mientras la canción abría sus ojos y se desperezaba con parsimonia, la locura se multiplicaba entre los deaconers. Elevada en todo lo alto, mostrada con orgullo sobre la escena, Dignity afirmaba que, una vez más, todo transcurría como antaño, aunque muchos fueran ya unas bolas de billar contempladas de soslayo por la mirada aterrada de quienes lucían unas profundas entradas.
Todo era similar a los viejos tiempos… De nuevo, el inmenso placer de gritar hasta enronquecer con la banda de Glasgow, aunque la primera vez que las voces se rompieron, en ese año 91, por ejemplo, o incluso antes, bajo el brazo transportábamos la carpeta repleta de apuntes de la universidad; ahora levantábamos los móviles para grabar la canción que luego enseñaríamos con orgullo ante los compañeros de la oficina: Uno, se morirá de envidia, aunque confesará entre dientes que era más de Prefab Sprout. Otro, muchísimo más joven, pero muchísimo más, hasta el nivel de becario sin futuro, no sabrá ni de qué le están hablando porque no quiere, ni necesita, que le saquen de su Luis Fonsi. Y ella, indie de las de toda la vida, no ve mundo ni frontera musical más allá de Russian Red y Arcade Fire.
Dignity puso las cosas en su sitio: nos sentimos con la comodidad del pasado que se nos repite como en una pesadilla nietscheana, esa que para nosotros es una bendición. Un pasado que volvía con la ambiental y emocionante Circus Lights, con Twist And Shout y con las versiones intercaladas de algunos clásicos de la historia de la música: My Girl de The TemptationsLand Of 1000 Dances de Wilson Picketty ese final tranquilo, en un cierre circular con el principio del concierto en calma, que nos trajo la versión de Forever Young del premio Nobel de Literatura Bob Dylan.
Forever Young. No podían terminar con una canción mejor. Porque así habían demostrado Ricky Ross y Lorraine McIntosh sentirse sobre el escenario, revitalizando magníficamente sus canciones y reanimando nuestras voluntades. Forever YoungForever Young para todos, porque no nos queda otro remedio que hacernos a esa idea. Nuestro armario del tiempo colectivo acababa de actualizarse: ahora es de acero inoxidable y del Ikea.
PacháLicor 43 y Deacon Blue. Un Picasso de emociones. Un surtidor de recuerdos y un puñadito de buenas canciones capturadas, para siempre, en el atrapasueños que nos hizo hombres.